Diplomado Violencia de Género

Acoso callejero: la supuesta manifestación romántica del machismo

Es importante catalogar al acoso callejero como una forma de violencia a la mujer; donde la misoginia patriarcal concibe los espacios públicos como exclusivos del hombre, dejándole a mujer el rincón de la casa como el único lugar para ella.

Valeria Ríos Castellanos

Acoso callejero: la supuesta manifestación romántica del machismo

Es importante catalogar al acoso callejero como una forma de violencia a la mujer; donde la misoginia patriarcal concibe los espacios públicos como exclusivos del hombre, dejándole a mujer el rincón de la casa como el único lugar para ella.

Valeria Ríos Castellanos 

Deberías estar feliz, por lo menos te miran… Es una frase que indigna tanto o más que los piropos morbosos. Si para que nos miren las mujeres debemos soportar insultos y groserías de los hombres, estamos hablando de una sociedad podrida. La sociedad machista y patriarcal en la que vivimos está descompuesta; pues cualquiera sea la silueta de una mujer, ninguna quiere ser víctima de esta violencia naturalizada y aceptada socialmente; esta violencia con nombre y apellido llamada acoso callejero.

El acoso callejero es una vulneración de los derechos humanos de las mujeres. Todas las personas tienen derecho a transitar libremente y con la confianza de no ser violentadas, independiente del contexto, la edad, la hora del día o el vestuario de la persona agredida; los derechos humanos no dependen ni se suspenden por detalles del entorno. No hay excusas ni justificaciones para el acoso callejero. ¿Pero cómo diferenciar un acoso callejero de un piropo?

El acoso callejero se produce normalmente cuando una o varias personas desconocidas abordan a una o varias personas en un espacio público. Cualquier acción o comentario irrespetuoso o vulgar dirigido a su persona por parte de extraños en lugares públicos se considera acoso callejero. Se consideran como tales palabras o gestos, acercamientos intimidantes, fotografías sin consentimiento, agarrones, presión de genitales sobre el cuerpo, exhibicionismo con intención de llamar la atención de la persona acosada (desnudez parcial o total y masturbación pública), persecución, fotografías no consentidas de partes íntimas de las víctimas. Con estos actos el acosador afirma su derecho a llamar la atención de la víctima, poniéndola como objeto sexual y forzándola a interactuar con el acosador.

El psicólogo argentino Gervasio Díaz ayuda a comprender la diferencia entre piropo y acoso cuando sostiene que todo tiene que ver con cómo se siente quien lo recibe. “Hay expresiones que suben la autoestima; pero el acoso destruye a la persona, la hace sentir vulnerable. Tiene un componente de agresividad tan alto que nunca una mujer va a poder asumirlo como algo positivo”. El acoso callejero confiere al espacio público una dimensión sexual en el que promueve el dominio de los acosadores sobre las víctimas. Con su acción, el acosador afirma su derecho a llamar la atención de la víctima, poniéndola como objeto sexual y forzándola a interactuar con el acosador.

En sociedades machistas y patriarcales el acoso callejero es un instrumento poderoso de control de las mujeres; una forma de hacernos sentir incómodas en el espacio público, y recordarnos que el hogar es nuestro espacio “natural y seguro”.

El acoso callejero es un conjunto de prácticas de connotación sexual ejercidas por una persona desconocida en espacios públicos como la calle, el transporte o espacios públicos como comercios, calle, universidad, plazas que suelen generar malestar en la víctima. Estas acciones son unidireccionales; es decir, no son consentidas por la víctima y quien acosa no tiene interés en entablar una comunicación real con la persona agredida.

Ante estas prácticas misóginas, tristemente solemos escuchar el consejo de las madres cuando dicen: “Ignora hija, no les des pelota”. Sin embargo, el problema no termina con simplemente ignorar, o hacerse la que no escuchó. Las prácticas de acoso sexual callejero son sufridas de manera sistemática, en especial por las mujeres, ocurriendo varias veces al día desde aproximadamente los 12 años, lo que genera un trauma no sólo por hechos de acoso especialmente graves, sino por su recurrencia. 

Una ley contra el acoso

Recientemente, en Bolivia fue aprobado el proyecto de ley que pretende penalizar el acoso callejero. Pese a los disidentes, considero acertada la iniciativa de penalizar este acto. La razón es que el acoso es la forma de agresión sexual cotidiana menos visible para las autoridades. Por ello, es merecido impulsar esta ley. El nuevo Código Penal sancionará a “la persona que, en lugar público, ejerza acoso callejero en contra de otra, consistente en gestos obscenos, insultos sexistas, frases o comentarios o insinuaciones alusivas al cuerpo o al acto sexual, que resulten humillantes, hostiles, obscenas u ofensivas a la víctima”.

Cala tan profundo el acoso callejero que, para no sufrirlo, más muchas de nosotras en algún momento hemos optado por cambiar los recorridos habituales por temor a reencontrarse con el o los agresores; modificar los horarios en que transita por el espacio público; preferir caminar en compañía de otra persona o modificar nuestro modo de vestir buscando desincentivar el acoso.

Pero, ¿por qué hacer eso, cuando somos seres humanos con el derecho de transitar libremente por donde queramos? Esta es la pregunta del millón y su respuesta nos hace notar la magnitud del problema. Es importante catalogar al acoso callejero como una forma de violencia a la mujer; donde la misoginia patriarcal concibe los espacios públicos como exclusivos del hombre, dejándole a mujer el rincón de la casa como el único lugar para ella.

Por eso es vital saber identificar y dar a conocer cuáles son los actos de acoso callejero, que van desde las miradas lascivas, los piropos morbosos, los silbidos, besos, bocinazos, jadeos y otros ruidos, gestos obscenos, comentarios sexuales, directos o indirectos al cuerpo, fotografías y grabaciones del cuerpo, no consentidas y con connotación sexual, tocamientos (“agarrones”, “manoseos”, “punteos”), persecución y arrinconamiento, masturbación con o sin eyaculación y exhibicionismo.

En un artículo publicado en el año 2000, basado en un “Estudio Canadiense de Violencia Contra las Mujeres”, mostraba que la exposición al acoso de extraños es un factor importante en la percepción de las mujeres de su seguridad en público. El acoso de un extraño, induce al miedo de la victimización sexual.

En la reciente Encuesta de Prevalencia y características de la Violencia contra las Mujeres (EPCVcM 2016) publicada por el INE, podemos constatar la dimensión del problema en Bolivia. Del total de mujeres encuestadas el 60% declaró haberse sentido agredida mediante “piropos o frases de carácter sexual que le molestaron o ofendieron”; y un 31% declaró haber sufrido “manoseos o que tocaron su cuerpo sin su consentimiento” en el ámbito público.

En una campaña mundial denominada #Yo también, en la que se invita a las mujeres a contar su primer acoso sexual, se pudo constatar la enorme dimensión de este problema. En un solo día la iniciativa recogió más de 38.000 historias en las que las mujeres expresaban sus desagradables vivencias, donde fueron acosadas en la escuela, en el taxi, en el autobús y en la calle. Sin embargo, lo más escalofriante fue que esta campaña constató que la mayor parte de las mujeres sufren su primer acoso sexual entre los siete y los nueve años.

En nuestra sociedad machista el acoso callejero se asocia a la coquetería o galantería supuesta de un hombre a una mujer y hasta algunas  manifestaciones de acoso callejero son aceptadas como “folclóricas” o “tradicionales”, lo que tampoco debe ser argumento para tolerar esta vulneración de los derechos humanos porque jamás la violencia no puede ser patrocinada con orgullo por ningún pueblo o nación.

El acoso callejero es violencia de género, pues refleja en el espacio público la desigualdad de poder entre hombres y mujeres a través del abuso sexual. En la actualidad, la violencia sexual es penada y no tolerada en otras situaciones y contextos (acoso laboral, estupro, violación), pero está pendiente sancionarla cuando ocurre en los espacios públicos.

El acoso callejero, como otros tipos de acoso, puede producir un gran número de efectos mentales negativos en las víctimas. A nivel internacional fue presentado el informe “Paremos el acoso callejero”, promovido por Raquel Vivanco del Movimiento Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuMalá), quien se propuso investigar el cumplimiento de las leyes que amparan los derechos humanos de las mujeres.

Tras monitorear y medir el nivel de aplicación de la Ley 26.485 de Sanción, Prevención y Erradicación de la Violencia Contra las Mujeres en diez provincias  de Argentina, vieron la necesidad de “seguir relevando información que permita poner en discusión la realidad de las mujeres”. Al 47% de las mujeres encuestadas reportan que un hombre las siguió en la vía pública. En el relevamiento, hallaron cifras alarmantes, tales como que el 100% de las mujeres sufrió un tipo de acoso a lo largo de su vida en la calle (de mayor a menor, bocinazos, silbidos, comentarios sobre su apariencia) y el 50% recibió un comentario sexualmente explícito.

Dentro de estos cuestionarios, llamó poderosamente la atención que ni la niñez ni el estado de embarazo “inhiben” a un acosador de cumplir su propósito: el total de las mujeres consultadas dijo que entre los 9 y los 22 años habían sufrido su primera situación de acoso callejero (y el 15% vivió su primera situación de acoso callejero antes de los 13 años). Al 47% de las encuestadas las siguieron en la vía pública y al 37% un hombre le mostró sus partes íntimas; el 29% fue tocada con intención sexual en la vía pública.

Y todavía existe un dato mucho más alarmante e indignante, es que ninguno de los hombres que realizan este tipo de actos asume que es un acto de acoso contra las mujeres. Por eso nuevamente debo decir que el acoso callejero es la forma de violencia contra la mujer más aceptada y naturalizada. ¿Y cuál es el peligro de la naturalización? Las mujeres estamos insertas en una cultura machista y muchas veces nos cuesta asumir el lugar de inferioridad en que estamos y el revelarnos contra esta injusticia hace que existe una violencia mayor hacia nosotras, este es el peligro de la naturalización del acoso callejero.

A manera de conclusión, diré que si bien aplaudo la penalización del acoso callejero en Bolivia, también es cierto que con más leyes no vamos a impedir este tipo de prácticas misóginas. Insisto que la educación a corto y largo plazo será la única salvación de un mundo machista. Educar a nuestros hijos en todos los espacios, desde la casa, el colegio, la universidad y todo lugar, es imprescindible. Un deber como mujeres es promover la lucha contra el machismo y fomentar la solidaridad entre nosotras mismas. Mujer a mujer, mano a mano, corazón con corazón, idea con idea, para alcanzar un día el reconocimiento de nuestros derechos como lo que somos: seres humanos.

  1. https://es.wikipedia.org/wiki/Acoso_callejero
  2. https://www.infobae.com/2016/04/08/1802979-el-acoso-callejero-es-la-forma-mas-naturalizada-violencia-genero/
  3. http://la-razon.com/index.php?_url=/opinion/columnistas/Opinion_0_2806519326.html
  4. http://www.semana.com/gente/articulo/caso-de-famosas-abusadas-sexualmente/544021
  5. https://www.sdpnoticias.com/sexxion/2017/10/17/yo-tambien-la-iniciativa-para-visibilizar-el-acoso-sexual
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