Reportaje

El derecho al trabajo cuando las calles tienen dueños

 

Fondo Concursable para la investigación periodística

La Fundación para el Periodismo, con el apoyo de Solidar Suiza, publicó por tercer año consecutivo la separata “Prioridad” que este año abordó la temática del empleo/desempleo en casos de mujeres y madres jóvenes. El objetivo de este programa es visibilizar en los medios de comunicación impresa la situación laboral, social y económica de ese segmento de la población, reflejando la problemática de conseguir un empleo digno cuando se es joven, mujer y madre.

De las postulaciones de todo el país, fueron seleccionadas las propuestas de periodistas de La Paz, Cochabamba, Oruro y Tarija.

A partir de este lunes 05 de diciembre, presentaremos los 16 reportajes que son parte de la separata “Prioridad” publicada con el periódico Página Siete, el martes 29 de noviembre de 2016.

Fernando Cantoral

Lizeth Mamani, de 1.50 de estatura y piel morena, es vendedora ambulante y está en el negocio hace más de diez años. Anduvo por muchos lugares, pero ahora vende en inmediaciones del mercado de Villa Fátima, en la esquina del remozado Shopping La Cumbre, sector donde los fines de semana y días no laborables se instala la feria de vendedores de verduras y de toda variedad de alimentos e insumos para el hogar.

Con chompa gruesa de lana que le cubre desde el cuello hasta medio muslo de su pantalón negro, y un sombrero que la protege del áspero frío de julio que lastima  la piel, ofrece cosméticos y pequeñas joyas en un cesto azul parecido a los que se utilizan para depositar la ropa sucia, a riesgo de que la Guardia Municipal le decomise su poca mercadería o sea agredida y expulsada del lugar por las vendedoras agremiadas.

 

 

“Vendo porque tengo bocas que alimentar”, señala.

Desde hace cinco años se encarga de sus dos hijas, Anita (2) y Abigail (5). El padre de las niñas le “vendió” el sueño de formar un hogar, pero nunca cumplió. Desde entonces, ella sola afronta los gastos de la casa y deja en claro que no piensa pedirle nada al “desgraciado” porque iniciarle un juicio por manutención implicaría “gastar tiempo y dinero”, que es lo que le falta.

Es martes y son más de las 09.00. A esa hora hay pocos vendedores pero se escucha la oferta de llauchas, quinua con manzana, quesos frescos y sostenes y calzones; son los vendedores ambulantes que van llegando ante la ausencia de la Guardia y los gremiales.

Lizeth debe ganar como mínimo 30 bolivianos por día para solventar los gastos de alimentación, pasajes y lo que se presente. Para ello administra un patrimonio de al menos 1.000 bolivianos que le permite generar además 600 bolivianos para el pago de alquiler de las dos piezas donde vive y 50 bolivianos para el agua y la luz. En el mejor de los casos, Lizeth aproxima sus ingresos a un mínimo nacional de 1.805 bolivianos para cubrir los gastos de tres personas.

Me dice que hasta el mediodía “venda o no venda” tiene que ir a recoger a Abigail quien estudia cerca de El Prado y, por la tarde, a Anita. “No tengo plata para contratar a una niñera”, reprocha.

Pero conseguir el dinero se hace cada día más difícil. Las ventas bajaron hasta un 50% y además debe lidiar con los gremiales y la Guardia Municipal. Ella es una vendedora sin permiso o “ilegal” y sujeta al decomiso de su mercancía, como le dicen los munícipes. Por esta situación y por los “constantes abusos” que sufre, al igual que sus compañeros, inició la creación de una asociación.

“Nosotros no salimos a la calle para ser competencia de los gremiales, sino por la necesidad que nos obliga, no hay trabajo y tenemos bocas que alimentar”, expresa.

En sus años de vendedora ambulante vio muchos atropellos contra sus compañeros sólo por ejercer el derecho al trabajo y a la subsistencia.

Recuerda que hace unos años tuvo que pugnar fuertemente con los efectivos municipales para rescatar los productos que habían decomisado a un anciano. Mientras el viejo lloraba afligido sobre una vereda de la avenida Buenos Aires, ella forcejeaba con los munícipes. “Logré que le devuelvan al viejito sus cosas”, me dice sonriente y orgullosa.

Las agresiones y frases ofensivas siempre estuvieron presentes en su vida de vendedora. “Qué hace un anciano trabajando, por qué no se va al asilo” o “qué hacen ustedes aquí dando mal aspecto, ilegales, estorbos de la ciudad”, son algunas frases que repite de la Guardia Municipal, de quienes asegura que están prestos a golpear si reclamas.

Por esta situación, y en defensa del derecho al trabajo en un país con desempleo,  acudieron a varios lugares como Derechos Humanos y la Defensoría del Pueblo. Pero “ellos nos dicen que ese tema le compete a la Alcaldía, pero la Alcaldía nos quita nuestras cosas, entonces quién nos va a escuchar. Nosotros no estamos delinquiendo, estamos buscando cómo sobrevivir”, dice muy indignada.

También pidieron audiencia como asociación al director de la Unidad de Mercados del municipio, Kevin Martínez, pero sin resultados. Más bien “nos ha amenazado que ya no sólo se van a llevar la mercadería en la camioneta, sino también a nosotros”.

Lizeth quiere plantear a la Alcaldía tributar para “parar ese abuso” y haya “un poco más de respeto entre las señoras estables y el vendedor ambulante”.

El economista peruano Enrique Ghersi aclara que el vendedor ambulante es, en primer lugar, un comerciante con fines lícitos, porque busca su sobrevivencia, pero se tiene que basar en medios ilícitos, como no cumplir con las normas, porque no le queda otro remedio que hacerlo así. En ese sentido, dice que no son ilegales las personas, sino sus actividades.

Y es que Lizeth, al igual que unas 30.000 personas informales, trabaja sin permiso en las calles porque desde 1994 la Unidad de Mercados del Gobierno Municipal de La Paz optó por ya no entregar más autorizaciones.

La asociación en formación tiene casi 400 afiliados y está conformada en un 90% por mujeres, de las cuales el 60% son madres solteras y administran patrimonios que van desde 60 hasta 1.200 bolivianos. No se trata de grandes comerciantes, sino de aquellos que venden refresco en balde, llauchas, pequeños artículos en general, ropa interior, entre otros.

Mientras conversamos, mujeres de mandil verde claro con gorra blanca y barbijo en la quijada recorren el lugar diciendo a los vendedores ambulantes “tiene que ambular, tiene que ambular”; “levantan” a los “ilegales” y no permite que se queden.

El libro “La batalla por la calle”, del investigador Bruno Rojas, señala que las organizaciones de gremiales llegaron a tal punto que se disputan milímetro a milímetro el espacio público y donde quienes no son de la asociación, son conminados a dejar el lugar.

Hay calles como la Tumusla y la avenida Buenos Aires donde los gremiales trabajan hasta en tres turnos y frecuentemente tienen conflictos con la Guardia Municipal, el tránsito vehicular, los vecinos y entre ellos mismos. “Los puestos en la calle se venden a elevados precios, incluso se vuelven hereditarios, donde el gremial ejerce un derecho de propiedad en el espacio público”, explica Rojas.

Los vendedores ambulantes informales y de precarios recursos constituyen uno de los sectores más vulnerables de la sociedad. Ser mujer y madre soltera en este ámbito agrava mucho más los niveles de riesgo, más aún en una sociedad marcadamente machista y violenta contra las mujeres, y que ha conseguido el nefasto récord de ser el primer país de la región con el mayor índice de violencia hacia la mujer, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), y donde, desde el punto de vista legal y religioso tradicional, un hogar de madre soltera no es considerado modelo de familia.

Un estudio realizado por la Universidad de Humboldt, Alemania, afirma que las madres solteras tienen mejor autoestima que las solteras sin hijos, por su capacidad para sacar adelante a sus hijos sin la ayuda de una pareja; se sienten más fuertes, trabajadoras, positivas y responsables que aquellas que no tienen hijos.

Las madres solteras -prosigue el estudio- no sólo son más positivas y responsables sino que también son más flexibles puesto que tuvieron la gran capacidad de adaptarse a las circunstancias especiales que les deparó la vida.

Pero llevar sobre sus espaldas toda esa carga de compaginar la vida familiar y laboral, estando solas, genera problemas de salud que se manifiestan sobre todo en dolores de cabeza, taquicardia y gastritis, según un estudio del Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad Bar Ilan de Israel.

Sin embargo, Lizeth es una mujer optimista y siempre sonríe. A pesar de las adversidades que afronta, dice que no se puede quejar porque siendo vendedora ambulante tiene más tiempo para dar cariño y atención a sus hijas. No quiere que sientan la falta de su madre como pasó con ella, que desde los 12 años tuvo que criarse con una tía, por las constantes peleas de sus padres.

Cuenta que afronta su peor drama cuando sus hijas se enferman y justo ocurre cuando tiene menos dinero.

Si no hay caso de llevarlas a un lugar les digo: “‘quédense, yo nomás expondré la vida –esboza una sonrisa-, porque ahora hay mucho de eso de la gripe AH1N1”.

Y es que “una madre siempre piensa dos veces; una por ella y otra por sus hijos” antes de tomar una decisión, verdad que parafraseaba Sophia Loren, la actriz más universal de Italia, quien de niña sufrió los rigores de un mal padre que se olvidó de ella y de su hermana, pero salió adelante con el esfuerzo de su progenitora.

La oficina de Kevin Martínez, director de la Unidad de Mercados, de unos 40 años, está ubicada en un ambiente del tercer piso del Mercado Miraflores. En la antesala, una alfombra vieja y hecha girones, que parece que estuvo ahí desde siempre, da la bienvenida a los visitantes.

“En el tema de los gremiales nosotros vemos los efectos y no las causas”, me aclara.

Considera que el problema de los vendedores ambulantes no se solucionará con dar patentes a todos, que según sus datos suman 28.750, y remarca que no habrá más permisos. Su unidad, junto a la Guardia Municipal, se encarga de regular el ámbito gremial y reprimir a los no registrados o “ilegales”.

Me dice que tal es la cantidad de gremiales que en la ciudad de La Paz hay “uno por cada 10 habitantes”.

El investigador René Pereira Morató, en su libro Las contradicciones entre el derecho al empleo y el derecho a la ciudad, señala que el comercio en vía pública en la sede de Gobierno tiene un rostro predominantemente femenino y que en la mayoría de los casos es un sector reflejo de la pobreza.

Subraya que mientras las ciudades del país estén desindustrializadas, desempleadas y desalarizadas, una gran parte de las principales calles estarán abarrotadas de comerciantes minoristas.

De acuerdo al Censo 2012 del INE, en el país hay 2.282.006 de madres. De ese total, tres de cada diez son jefas de hogar, es decir, 789.225 (34,6%) mujeres trabajan para mantener solas a su familia.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), 127 millones de latinoamericanos, un 47% del mercado laboral, pertenecen a la categoría informal.

Ya son las 12:00 y Lizeth no vendió nada. Me siento responsable por ello, pues la mantuve conversando todo el rato. Ella regresará a las 16:00 a vender, luego de recoger a sus hijas, hacerlas almorzar y llevarlas a la casa, para continuar con su rutina, que será hasta las 19:00 como máximo, porque debe estar con sus hijas. “Ellas me necesitan”, finaliza.

 

 

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