diplomado Redacción y Edición de Noticias

Entre la esperanza y la agonía, el Vía Crucis en busca de justicia

María Elena se encontraba esperando detrás de la ventana. De pronto, a lo lejos, asomaban las siluetas de su tía y Manuela, una hermosa niña, pero cuyo interior se ensombreció desde aquella fría mañana de agosto. Regresaban con el certificado médico forense.

Abigail Zuleta

 

Derechos humanos

Entre la esperanza y la agonía, el Vía Crucis en busca de justicia

Abigail Zuleta Villegas

María Elena se encontraba esperando detrás de la ventana.  De pronto, a lo lejos, asomaban las siluetas de su tía y Manuela, una hermosa niña, pero cuyo interior se ensombreció desde aquella fría mañana de agosto.  Regresaban con el certificado médico forense.

Manuela tenía nueve años, uno menos que María Elena,  a quien vería en pocos minutos porque  “aún estaba dormida”. La niña deseaba ingresar a la sala, pero no podía hacerlo sola y sin la complicidad de su “mejor prima”; por el momento no quedaba más que saciar el hambre con las deliciosas, crocantes y calientitas marraquetas que esperaban en la mesa.  De pronto un chillido de felicidad se escucha ingresando a la cocina, donde todos desayunaban. Besos y abrazos se repartieron a doquier. Era un día hermoso:   Manuela estaba allí.

Terminando de desayunar se trasladaron a ese mágico lugar que tanto les atraía: la sala.   Manuela y su prima jugueteaban en el centro de ella. Era sin duda, el lugar perfecto para explorar nuevas aventuras.  Muchas de las estatuillas que la adornaban le llamaban la atención, pero ninguna como esa hermosa dama. Medía  unos 100 centímetros de alto, forjada en bronce y con un acabado en los detalles dignos de la personificación del orden divino. Estaba sobre la mesa de mara semicircular que se apoyaba a la pared. Nunca antes la había visto.

– ¡Mirá! Dice Manuela. Está pisando sin zapatos a una víbora  – waw- replica sorprendida, e inmediatamente surge la pregunta que desde algunos años no cesa de repetirse varias veces al día ¿Por qué?  A lo que María Elena responde con un llamado a su madre.

– ¿Quién dices que es ella mami? Pregunta la inquieta niña.

– Su nombre es Themis y es la diosa de la Justicia quien busca que las personas que pelean reciban, cada una, lo que se merecen. Explica, con el cuidado de ser lo más clara posible, recordando sus primeros años de universitaria en la carrera de Derecho.

– La víbora representa a la mentira ¿ven ese libro sobre el que está la cabeza de la víbora? Les pregunta: es la Ley Divina o la Biblia. Y así, la madre continuaba describiendo cada detalle de esa estatuilla. Las niñas quedaban fascinadas con lo que escuchaban. Tocaban el filo de la espada con cuidado y luego, cada una, miraba su dedo para ver si les había provocado algún corte -¿Y los va a matar con su espada? Pregunta Manuela, quien no tenía clara la idea de esa enigmática mujer.

-No, responde su tía, -la espada representa el castigo que se les dará a los trasgresores, es decir, a los desobedientes, delincuentes o culpables. – En la balanza se coloca de cada lado a las partes en conflicto, es decir a las verdades que cada persona muestra, dice tratando de explicar-.

Ambos tienen las mismas oportunidades y no puede ser vistos por la Themis  por eso esta con los ojos vendados: para que no haga distinciones entre las personas por su color de piel, o porque tengan mucho  o poco dinero o porque sus ideas sean diferentes.

– ¿Y esta diosa es la que me va a ayudar tía? Dice Manuela mirando a la estatuilla. La tía le mira entristecida porque sabía que esa representación era demasiado lírica para afirmarlo, pero no hacerlo significaba quitarle la esperanza a alguien por quien daría la vida.

***

El juicio oral se iniciaba después de dos largos años. El ambiente era tenso. Una amalgama de sentimientos se apoderaba de la madre de Manuela: dolor, por las permanentes escenas que agolpaban a su mente de ese terrible momento;  amargura, porque su fe había sido defraudada,  e  impotencia de ver a su infame agresor con la intención de encontrar impunidad acudiendo a los mejores abogados: y es que el dinero no era un problema para él,  y aunque muchas veces sentía que la viacrucis era gigantesca, el deseo de que se haga Justicia era aún más grande.

Llegó al juzgado con su hermana quien era su principal apoyo: “estos momentos no son para  caminarlos sola” dice mientras suspira como quien quiere aliviar el interior.  Al ver a los familiares del agresor sus sentimientos se transformaron en odio y deseo de venganza. Su alma estaba dañada. Se encontraba sumida en lo más profundo de la agonía, y esta era una tortura que debía concebir  en cada audiencia.

Esperan por casi 20 minutos en un pasillo atiborrado de personas que pasaban por el lugar y otras que esperaban su turno en los Juzgados de alrededor. No existen banquetas para darle un descanso al cuerpo y a la esperanza. De pronto se apoderan del lugar unos gritos desesperados:

_ ¡Porque no dices la verdad! ¡Tú la mataste! ¡Ella estaba bien! ¡Tú la mataste! ¡Di la verdad! Eran los gritos de una anciana de unos 60 años. Su llanto desgarrador estremecía el cuerpo. La acompañaba su esposo cuya mirada parecía perdida, curtida… cansada.

_ ¡Dios mío, porque tanta injusticia! Clamaba. La hija única de los dos ancianos fue asesinada por su esposo, un hombre de 40 años a quien dejaban en libertad. No sólo caían las lágrimas, sino las esperanzas de encontrar Justicia. La muerte de su primogénita les arrancó parte de su vida: el ancla que los ataba a esta vida ya no estaba. Los viejos tenían un aspecto humilde, agobiados,  menudos e indefensos. Era una imagen conmovedora.

Algo se había impregnado en el ambiente. Las energías eran negativas; como si la muerte, la violencia, el dolor, cobraran vida y deambularan por el lugar provocando agonías y extinguiendo esperanzas.  Era el infierno.

Pocos segundos pasaron de esa dramática escena cuando convocaron a la audiencia de Manuela.  Pero ésta fue suspendida por una baja médica del Presidente del Tribunal.  En el juzgado del frente pasaba algo parecido, según otra víctima esa  era la audiencia 38;  la mayoría de las veces sus audiencias fueron suspendidas por inasistencias del Fiscal, “son tantas que no recuerdo cuantas veces el Fiscal ha faltado” decía la mamá de una adolescente que era víctima de violación por un sujeto de 26 años; “pero recuerdo muy bien que en dos oportunidades las audiencias se han suspendido por falta de quórum del Tribunal y en seis ocasiones por la ausencia de los tres abogados del imputado”, mencionaba mientras señalaba el lugar donde estaba ubicado el Juzgado.  En este caso era evidente la intención de dilatar el proceso, pero la sanción disciplinaria era insignificante en relación al costo que la víctima debía pagar a su abogado por audiencia que asciende los 250 bolivianos.

-“El Fiscal que llevaba mi caso no realizó su trabajo como debía”, mencionaba la madre de otra víctima, del Juzgado 2do anticorrupción y violencia hacia la mujer,  “fuimos a la casa del violador de mi hija para la inspección ocular, pero este Fiscal no incluyó su informe para ser parte de las pruebas dentro de este caso, perjudicando de sobremanera a mi hija y no se puede hacer nada porque el Fiscal ha sido destituido el año pasado”, denunciaba la madre molesta.

En este mismo juzgado Gabriela Zapata recibió una sentencia después de un juicio que duró tres meses. El Tribunal a cargo señalaba que se debía dar prioridad a un juicio que era de “relevancia para el Estado”, priorizando un caso de corrupción ante otros por violación y femenicidio.

Aún queda mucho por recorrer y la madre de Manuela lo sabe. No fue suficiente perder dos empleos, porque este tipo de juicios requieren tiempo, ni el hecho de ser calumniada e injuriada por la otra parte a iniciativa e ingenio de los abogados. Pese a todo ella no pierde la esperanza de encontrar Justicia para su niña.

 

 


 

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