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El esplendor atemporal de la música

l arco que oculta un mundo mágico se esconde en el pleno centro de La Paz, en una calle poco llamativa, a pocas cuadras de la Plaza Abaroa. La puerta de ingreso está adornada por el rostro de un violinista en blanco y negro, le sigue un sendero discreto que conduce a los visitantes hacia una casa de color marfil. Flores moradas se mueven con el viento, mientras el anochecer cae sobre las luces urbanas, empapando la casa en un fulgor candente. Las pisadas dentro del inmueble producen el crujir sollozante de las escaleras de madera, anticipando el sonido del tocadiscos que llena de música el salón en el primer piso. Y mientras las llamas de la chimenea arrojan sombras en las paredes, una docena de personas escuchan con los ojos cerrados melodías de “El verano”, una pieza clásica de “Las cuatro estaciones”, del compositor italiano Antonio Vivaldi.

El esplendor atemporal de la música 

Las Flaviadas brindan un refugio para los amantes de la música. Cada sábado, te invitan a cerrar los ojos y dejarte llevar, en búsqueda del poder transformador del arte, a un encuentro con uno mismo.

Benjamin Hindrichs* y fotos de Gabriel Derri / La Paz

El arco que oculta un mundo mágico se esconde en el pleno centro de La Paz, en una calle poco llamativa, a pocas cuadras de la Plaza Abaroa. La puerta de ingreso está adornada por el rostro de un violinista en blanco y negro, le sigue un sendero discreto que conduce a los visitantes hacia una casa de color marfil. Flores moradas se mueven con el viento, mientras el anochecer cae sobre las luces urbanas, empapando la casa en un fulgor candente. Las pisadas dentro del inmueble producen el crujir sollozante de las escaleras de madera, anticipando el sonido del tocadiscos que llena de música el salón en el primer piso. Y mientras las llamas de la chimenea arrojan sombras en las paredes, una docena de personas escuchan con los ojos cerrados melodías de “El verano”, una pieza clásica de “Las cuatro estaciones”, del compositor italiano Antonio Vivaldi.

Cada sábado, el antiguo salón de la casona de Flavio Machicado Viscarra, en el barrio de Sopocachi, se convierte en un oasis cultural, donde se disfruta la magia de la música clásica. Desde hace más de un siglo, las Flaviadas invitan a saborear la magnificencia rítmica de grandes obras musicales, compartiendo, de este modo, la ardiente pasión por la música que tuvo su iniciador. Es un sitio espiritual que desencadena un delirio musical a quienes participan de estas singulares sesiones.

“El ambiente que se busca es que te concentres en ti mismo y encuentres el camino que tú quieras para llegar a ello… que cada uno se busque y se encuentre a sí mismo”, aclara Eduardo Machicado Saravia, hijo del fundador de Las Flaviadas y actual anfitrión de las sesiones. Eduardo es un hombre de mente avispada y gestos animados. Bajo sus cejas brillan unos ojos celestes, reflejando una vitalidad apasionada, mientras que en la punta de su nariz bailan unas gafas de montura oscura, que contrastan la melena blanca que cubre su cabeza.

Desde hace 30 años se ocupa de mantener viva esta tradición paceña, de fama mundial, cuya historia empieza en una noche calurosa del año 1916, en la ciudad de Boston, en los Estados Unidos, cuando Flavio Machicado Viscarra terminó de escuchar uno de sus discos y se dio cuenta de la presencia de varios vecinos que habían disfrutado junto a él de aquellas melodías. Esa noche tuvo lugar la primera Flaviada.

Luego, cuando el estudiante de Finanzas de la Universidad de Harvard regresó a Bolivia, en 1923, decidió compartir su profunda pasión por la música y comenzaron entonces las sesiones de música clásica en su casa; que posteriormente fueron institucionalizándose hasta que, en 1948, un periodista escribió un artículo sobre los encuentros y decidió bautizarlos con el nombre de Las Flaviadas.

Desde entonces, los encuentros semanales de apreciación musical brindan un espacio para “sentirse y escucharse a sí mismo”, mientras que la magia de piezas clásicas llena el aire, dando lugar a algo que Eduardo llama el “desnublamiento de las personas”, refiriéndose al enfrentamiento que uno asume con experiencias personales a través del sonido.

En la luz difuminada del salón, el espíritu artístico que siempre ha caracterizado los encuentros sigue vivo, con paredes cubiertas de innumerables vinilos y discos y una estantería adornada de vitrales iluminados, que muestran las miradas de Beethoven, Mozart, Bach y Wagner. Por encima de la repisa de la chimenea, una foto de Don Flavio Machicado Viscarra vela por su herencia inmaterial, al lado de un busto del compositor austriaco Wolfgang Amadeus Mozart y de unas flores de color lechoso. “Cuando velábamos a mi padre, la poeta Yolanda Bedregal habló y dijo una frase que no he olvidado nunca, dijo que mientras en esta casa se escuche música, Don Flavio está presente”, explica Eduardo. “Es por eso que está su fotografía y que todos los sábados se enciende una vela, recordando a todas las personas que han venido. Es una especie de homenaje”, continua, y cuenta que, antes de morir, su padre le pidió dos cosas: no vender sus libros y continuar con Las Flaviadas.

Con una sonrisa en los labios recuerda que cuando era joven, le preguntó a su padre ¿cuál era la motivación para hacer las Flaviadas? “Mira hijo, tener tanto y no compartirlo no tiene sentido. Yo creo que lo que hago es para todos”, le respondió. Eduardo dice que Don Flavio era un hombre de principios avanzados, con una visión adelantada, y que de ahí también surge la idea de la fundación.

La Fundación Flavio Machicado Viscarra fue creada en 1995 con el objetivo de preservar las Flaviadas y asegurar su mantenimiento. En un principio se centró solo en perpetuar esa tradición, pero ya en ese entonces existía la visión de ampliar el ámbito de sus actividades y fomentar el libre acceso a la cultura, la música y las ciencias. Una idea que finalmente se convirtió en realidad el 2010, cuando se abrió el Centro de Información de la fundación, para el cual cada jueves y viernes abren sus puertas, desde las 15.00 horas hasta las 19.00 de la tarde, al público en general, dando libre acceso a una riqueza cultural de dimensiones espectaculares: el centro incluye una biblioteca, una fonoteca, una hemeroteca y un archivo histórico.

Entre los miles de libros que llenan la biblioteca en la planta baja se esconden innumerables tesoros, entre ellos novelas, una enciclopedia completa y estudios sobre compositores y músicos. También hay innumerables periódicos de valor histórico: un número dominical de la New York Times cuenta la historia de soldados estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial y, en otra esquina, la portada de la Washington Post del 12 de septiembre de 2001, anunciando el ataque a las torres gemelas, en Nueva York.

El archivo cubre tanto los momentos estelares como las peores atrocidades de la historia del último siglo. Y, aparte de unos 7.000 discos, la Fundación cuenta con una variedad de fotografías, manuscritos, apuntes, revistas y otros documentos históricos que llenan una habitación en el primer piso. Una pintura de un rostro abocetado en colores cálidos sobre un fondo blanco y negro destaca entre las numerosas obras de arte que adornan la pared; y en una cómoda de madera oscura brilla una de las máquinas de escribir del poeta Jaime Sáenz, cuya colección de discos también se encuentra entre los miles de títulos.

Sentado en un escritorio macizo, Eduardo habla de otra visión suya. Su tono de voz baja un poquito mientras dobla las manos y mira hacia las cortinas floridas que decoran las ventanas, contando la historia de una amistad que podría preparar el camino para una futura simbiosis cultural: su padre nació en Sorata, en la zona andina del país e hizo una amistad con un familiar suyo, Humberto Vázquez Machicado, de Santa Cruz. Ambos compartieron una pasión profunda por los libros, y a lo largo de los años cada uno acumuló una colección de más de 20.000 ejemplares. “Ambas bibliotecas algún día se van a unir y van a crear lo que llamo yo la memoria de este país. Porque sería una reunión entre lo oriental y lo occidental”, expresa con un brillo ardoroso en los ojos.

A solo unos pocos metros, en un estante de madera en la entrada del salón, se encuentra lo que se podría llamar la memoria de las mismas Flaviadas: bajo una portada de cuero de color ébano se esconde un libro de páginas lacias que tiene una hebilla como cierre. En más de 200 páginas recolecta la historia de las sesiones musicales, permitiendo revivir el hechizo del pasado. Se encuentran cartas de agradecimiento, homenajes, correspondencias y artículos periodísticos de todo el mundo, testimonios de un pasado que continua vivo y que llena las páginas cada sábado.

Eduardo anuncia el próximo tema con una voz devota y suelta algunas palabras sobre el compositor y su trayectoria. Mientras resuena la música, se levanta sosegadamente de su lugar, al lado del tocadiscos, donde una mesa pequeña le sirve para organizarse, cruzando el salón para alimentar la hoguera de la chimenea con periódicos viejos. Las llamas flamean, siguiendo el ritmo de la música mientras los presentes disfrutan de los sonidos en silencio. Fotos encuadradas en blanco y negro cuentan historias de épocas pasadas mientras un señor de amables facciones y ojos firmemente cerrados, en traje gris, boina y bufanda, apoya su mentón en sus manos, moviendo su pie izquierdo al ritmo.

“Este es un espacio de desaceleración en las arenas movedizas del tiempo”, susurra Anna, una visitante de Alemania en el intervalo entre dos temas, rompiendo así el silencio conmovido y atrayendo algunas miradas sorprendidas de otros visitantes. Aquí nadie habla, el placer de la música ocupa el lugar central en la Flaviada, que a lo largo de su historia ha congregado a más de 100.000 personas. Ya desde siempre, la gran particularidad ha sido que no se necesita invitación y que la entrada es gratuita: el poder del sonido abstrae de clases, edades, credos políticos y creencias religiosas, transcendiendo fronteras y nacionalidades; destierra las diferencias, dando espacio a lo que nos une a los seres humanos: el silencio ensimismado cuando nos vemos enfrentados al brillo deslumbrante del arte.

Cuando los últimos tonos de la obra final de la Flaviada se desvanecen en el aire y el anfitrión enciende la luz, la gente se despierta y vuelve de sus mundos imaginarios, dispersándose paulatinamente. Una mujer de mediana edad con una mirada conmovida y alejada de la realidad se queda sentada en el sofá. Sus ojos brillan por las lágrimas que caen por los surcos de sus mejillas. Aquí, dice Eduardo, “se produce el milagro”. Y las lágrimas le dan la razón: en esta casa levantan castillos en el aire, construidos por el fervor al arte y el convencimiento de que la cultura debe ser accesible para todos y todas. Las Flaviadas son una utopía real, una visión atemporal de una comunidad que parte del poder transformador del arte para construir una sociedad abierta y humanista; un bastión de la pasión por la música que invita a cerrar los párpados y dejarse llevar por las marejadas apasionantes de los ritmos que iluminan el mundo adentro.

*Benjamin Hindrichs es voluntario de la Deutsche Welle Akademie en la Fundación para el Periodismo.

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