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La pista clave que dio con Blas, el cerebro del atraco a Prosegur

Juan Gustavo Baldiviezo, el entonces jefe de Operaciones de la PTJ encontró en el lugar menos pensado la señal oportuna para horas después encontrar al coronel Blas Valencia, el cabecilla de una de las bandas delictivas más peligrosas de La Paz.

Daniela Romero Linares

 

En 2001 un grupo armado liderado por policías asaltó una remesa de dinero y dejó tres muertos

La pista clave que dio con Blas, el cerebro del atraco a Prosegur

Juan Gustavo Baldiviezo, el entonces jefe de Operaciones de la PTJ encontró en el lugar menos pensado la señal oportuna para horas después encontrar al coronel Blas Valencia, el cabecilla de una de las bandas delictivas más peligrosas de La Paz.

Daniela Romero Linares.

Los primeros rastrillajes dieron con Oswaldo Lulleman, un delincuente que junto a su hermano Raúl tenían antecedentes penales. Sus características físicas no habían pasado desapercibidas por algunos testigos que corrieron con la información fresca a la Policía. Tres días después del atraco millonario a la furgoneta de la empresa Prosegur, aquel 14 de diciembre de 2001, los investigadores llegaron a su casa, en la ciudad de El Alto.

Los policías le habían hecho un seguimiento previo después de recibir los datos puntuales de los testigos: una peta que operó en el asalto armado con Lulleman a bordo y que en el domicilio de los hermanos habían lavado ropa con sangre. Lo identificaron en la calle Presbítero Medina, en Sopocachi, con una bolsa que contenía dinero. Él bajaba agazapado con una chamarra oscura y entró a una vivienda sin tocar el timbre.

Pero la noche del 17 de diciembre de ese año se dio el primer golpe en la urbe alteña. Un grupo designado de investigación allanó el domicilio de Lulleman mientras él dormía. Algunos policías lo redujeron en su dormitorio, mientras que otros buscaban pruebas en otras habitaciones de su casa.

Al entonces jefe de Operaciones de la Policía Técnica Judicial (PTJ), Juan Gustavo Baldiviezo, le tocó entrar al dormitorio del hijo de Lulleman. “Ya había desesperación porque en tres días no encontrábamos nada, ninguna evidencia”, recuerda el coronel jubilado.

El oficial entró al dormitorio con mala gana, con la pereza de que no iba a encontrar nada. Tenía una linterna nueva, delgada y larga, que justo esa noche había llevado al operativo. Una vez en la habitación buscó debajo de la cama, en cada cajón de las cómodas, en medio del colchón, en las ranuras de las ventanas y de las puertas. Nada. Hasta que llegó al ropero, lo abrió, comenzó por los cajones horizontales donde había ropa, luego por los colgadores hasta que finalmente vio, en la oscuridad, una bolsa en un rincón de la parte de abajo. Usó la misma linterna, levantó la bolsa y descubrió que ahí había billetes. La sorpresa fue tan grande que de un segundo a otro comenzó a gritar a los fiscales y a los policías. “¡Aquí está la clave! ¡aquí está la clave!”. Evidentemente esa fue la pista clave que llevó al equipo de investigación a dar con el clan, con el grupo armado que operó violentamente en la avenida Kantutani matando a dos policías y un civil para llevarse 385 mil dólares. La historia aquí recién comenzaba.

Con la bolsa de dinero que tenía las cintas de seguridad de Prosegur no había donde perderse, lo que estaba al frente de los policías era parte del botín. Lulleman fue llevado a empujones hasta ese dormitorio y lo que relató fue “un cuento chino”. “Contó que unos desconocidos le habían regalado platita por ayudarles a acomodar algunas cosas. ¿Quién de buena gana va a regalar tanto dinero a un desconocido?”, se pregunta Baldiviezo.

Lulleman sabía mucho más de lo que contó, pero no quería decir nada a los investigadores. La Policía recurrió entonces a otras estrategias de presión, lo que antes -para esa época- era normal. “A estas alturas para qué ocultar, lo llevaron a un cuarto y desde ahí escuché algunos gritos. Finalmente, habló y con lo que dijo nos llevó directamente a resolver el caso”, afirma Baldiviezo.

Cae la banda de Blas

“Es el coronel Blas Valencia, él es”. Baldivieso recuerda las palabras de Lulleman. Al escuchar el apellido del policía, los investigadores se miraron entre ellos con asombro, aunque por dentro ya sabían que ese famoso oficial estaba detrás de ese y más asaltos a mano armada.

Con la pista clave que encontró Baldivieso y con el primer detenido, dieron parte a los superiores y entre ellos obviamente al comandante de la Policía, Wálter Osinaga. El grupo de investigación tenía que pedir autorización para allanar la casa de Valencia, pero además el Estado Mayor policial tenía que saber que iban a detener a un miembro de la institución, ni más ni menos que a un coronel.

“Ya teníamos todo claramente establecido, sabíamos que Valencia estaba detrás del asalto, pero grande fue nuestra sorpresa cuando el general Osinaga se negó a que hiciéramos el allanamiento, dijo que no le parecían fuertes las acusaciones en contra de él y que por lo tanto no debiéramos hacer el operativo”, rememora Baldivieso.

Sin embargo, pese a la negativa del comandante apareció otro general, miembro del Estado Mayor, quien –según califica Baldivieso- era uno de los jefes más correctos y de decisiones claras en la Policía. Él dio la orden de intervenir la casa de Valencia.

“Llegamos a la zona de Sopocachi, a la calle de las Rosas, intervenimos a las 6 de la mañana y prácticamente los pescamos en pijama. Allí encontramos a uno de los peruanos, parte de la banda, estaba herido y cobijado por la esposa de Valencia”, cuenta Baldivieso.

La pareja Valencia, sus hijos y el ciudadano extranjero fueron llevados a una sola habitación. Mientras un grupo de policías los vigilaba, otro buscaba más pistas y en ese afán se descubrió más dinero. “Era increíble, cajón que habríamos cajón lleno de dinero, abrimos roperos que en vez de ropa había billetes y billetes, debajo de los colchones, en la misma cama, en los veladores. Hasta ahora me sorprendo la cantidad de dinero que había en cada rincón”, dice Baldivieso.

No sólo eso, en la sala de la casa, debajo del machimbre la Policía encontró un compartimiento “secreto” donde se escondían armas. Con ese hallazgo más ya no quedaban dudas y la rabia se apoderó de los uniformados quienes fueron con todo contra su camarada, Blas Valencia.

“Él terminó muy golpeado, las fotografías y los videos de ese tiempo lo pueden corroborar. Hubo policías que le golpearon en la cara y en el cuerpo por la rabia de saber que el armó todo el atraco era nada más y nada menos que un policía. ¿Por qué tenía que hacer quedar mal a la institución? Esa era nuestra mayor bronca”, asegura.

El atraco millonario

Como jefe de Operaciones de la PTJ, ahora FELCC, Baldiviezo y otros investigadores tenían información que manejaban con cautela. Días antes del atraco a Prosegur hubo una explosión de un coche en los tribunales de la ciudad de Santa Cruz. La información generada por las fuentes de Inteligencia apuntaba a que detrás de este atentado estaba Blas Valencia. ¿Cuál era el motivo? Uno de los jefes policiales que hacía investigación estaba al tanto de los delitos del coronel y este quería “silenciarlo”.

El investigador, con datos certeros y además fotos como prueba, mostró en una reunión de jefaturas todos los documentos que lo llevaban a establecer que Blas Valencia manejaba un grupo de asaltantes, pero ningún jefe le dio importancia. Hasta que llegó el día y el delincuente se llevó tres vidas.

A eso de las 10:30 del 14 de diciembre de 2001, una furgoneta de Prosegur descendía por la avenida Kantutani, con dos policías, el portavalores y otro empleado de la empresa. Llevaban más de 385 mil dólares cuando por el mismo carril de bajada una peta subía y detrás de ésta otro coche. De este descendieron cinco atracadores, en medio de gritos dispararon y mataron a dos policías, a un civil, recogieron las bolsas del dinero y se dieron a la fuga en cuestión de minutos. Los cuerpos de las víctimas quedaron dentro y fuera del coche de Prosegur, el cual además no estaba acondicionado para llevar valores. La Policía llegó después del asalto armado.

Luego se supo que al menos cuatro peruanos y Blas Valencia estuvieron en el lugar del asalto, con armas cada uno de ellos. Un hombre fue el principal testigo de lo que había ocurrido aquella mañana. Fue contactado por los investigadores y surgió la pista de la peta. “Esta persona nos dio el dato de la peta, buscamos el vehículo y lo encontramos abandonado en Llojeta, en un estacionamiento. Con ese dato seguimos buscando”, cuenta Baldivieso.

La sentencia demoledora

Pidieron perdón, lloraron y se arrodillaron. Pero nada iba a hacer cambiar la sentencia ese 16 de mayo de 2003. El excoronel de la Policía, Blas Valencia, recibió la máxima pena sin derecho a indulto y el exmayor Freddy Cáceres fue condenado a 22 años de cárcel por el atraco a la remesa de Prosegur. Ambos uniformados eran los cabecillas de la banda conformada por ciudadanos peruanos y bolivianos.

El juicio duró casi dos años y aunque el proceso para establecer a los culpables durara pocos días, los investigadores mantienen en la retina lo complejo que fue dar con los delincuentes y a los cabecillas protagonistas de uno de los atracos más violentos que hubo en La Paz.

Sentado, con los ojos hinchados después de llorar, el coronel Valencia se limpiaba la nariz con un pañuelo. Incómodo porque tenía una mano enmanillada con la de un policía que era su custodio. Estaba en la primera fila de las sillas de los acusados en el juzgado. Detrás de él estaba su esposa Norma, también detenida y sentenciada a 15 años de cárcel por ser cómplice de su marido.

Baldiviezo recuerda que todos los investigadores que tuvieron que ver con los operativos para que la organización caiga estaban pendientes de la audiencia de sentencia. Todos con la expectativa para confirmar que su trabajo no había sido en vano. Pero, a esto hubo que añadirle el condimento de que detuvieron a dos de sus camaradas, a dos oficiales de la institución del orden, a dos jefes policiales. “Era darle un valor agregado a nuestra labor, que los ciudadanos sepan que la Policía hará justicia pese a quien le pese, incluso si los delincuentes eran policías”, dice.

El tribunal nombró a Patricia Gallardo, funcionaria del Ministerio de Gobierno, como la autora intelectual del atraco a Prosegur y la condenó también a 30 años de prisión. La misma suerte corrieron Elasio Peña Córdova, un exmilitar peruano y delincuente con antecedentes; Carlos Eladio Cruz; el comerciante peruano Alfredo Bazán y el otro ciudadano peruano Víctor Manuel Boggiano Bruzón. Ellos fueron los autores materiales del atraco millonario.

Los hermanos Lluleman recibieron una sentencia de 18 años de cárcel, al igual que Mercedes Valencia, la hermana del cabecilla de la banda.

Los 17 protagonistas en el atraco a Prosegur

  • Blas Valencia: boliviano de 50 años de edad y coronel de la Policía. Estuvo a cargo de la organización y supervisión del atraco a la remesa de Prosegur. Fue sentenciado a 30 años de cárcel sin derecho a indulto.
  • Freddy Cáceres: Boliviano de 46 años y mayor de la Policía. Detenido en la cárcel de San Pedro. Planificó y organizó el hecho. Recibió una condena de 22 años de prisión sin derecho a indulto.
  • Eladio Peña: Ciudadano peruano de 48 años, exmilitar. Fue detenido en Chonchocoro. Participó en el atraco. Resultó herido en el brazo izquierdo. Fue sentenciado a 30 años de cárcel.
  • Víctor Boggiano: Ciudadano peruano de 36 años, chofer y exreo. Trasladó el dinero robado. Fue detenido junto con Wilfredo Camana Camán. Condenado a 30 años de reclusión en Chonchocoro.
  • Mercedes Valencia: Boliviana de 43 años, mesera. Detenida en la cárcel de Miraflores. Participó en la planificación del asalto, dio protección a los atracadores. Fue condenada a 18 años de prisión.
  • Francis Pimentela: Boliviana de 30 años, dedicada a labores de casa. Detenida en la cárcel de Miraflores. Ella fue quien alquiló una casa de seguridad y facilitó la fuga de Eladio Peña. Fue sentenciada a siete años de cárcel.
  • Miguel Aguilar: Ciudadano peruano. Estaba prófugo de la justicia boliviana que lo declaró rebelde y contumaz ante la ley en el inicio del proceso. Participó en el atraco. Según sus cómplices, él fue quien disparó contra los policías y el civil.
  • Patricia Gallardo: Boliviana de 48 años. La mujer trabajaba en el Ministerio de Gobierno como asesora. Ella fue quien obstaculizó el tráfico de la avenida Kantutani junto a Walter Herrera (fallecido). Recibió una condena de 30 años.
  • Carlos Enrique Castro: Ciudadano peruano de 35 años. Era transportista y como tal movilizó a los autores del atraco, las armas y el dinero. Fue condenado a 30 años de cárcel en Chonchocoro.
  • Raúl Oswaldo Lulleman Gutiérrez: Boliviano de 28 años. Organizó el asalto. Fue condenado a 18 años de cárcel en Chonchocoro.
  • Claudia Alarcón: Boliviana de 22 años. Es hija de Blas Valencia. Cooperó con los asaltantes antes y después del atraco a la vagoneta. Fue sentencia a tres años.
  • Ángel León: Ciudadano peruano, participó directamente en el atraco, según la Fiscalía. Sin embargo, se dio a la fuga.
  • Eladio Cruz: Boliviano de 23 años, cuñado del mayor Freddy Cáceres, participó en el hecho. Fue sentenciado a 30 años de prisión.
  • Alfredo Bazán: Ciudadano peruano de 53 años, autor material del hecho, por lo que fue condenado a 30 años en la cárcel de Chonchocoro.
  • Norma de Valencia: Boliviana de 49 años, comerciante y esposa de Blas Valencia. Recibió una condena de  22 años en la cárcel de Miraflores. Ayudó a los autores del atraco.
  • Oswaldo Lulleman: Boliviano de 53 años. Recibió una condena de 18 años en la cárcel de Chonchocoro. Tiene antecedentes en otros hechos criminales junto con Blas Valencia. Él supervisó el atraco.
  • Leonel Delgadillo: Boliviano de 43 años, él era el portavalores de Prosegur. Recibió una sentencia de dos años, pero la justicia le otorgó el perdón judicial.

Blas, el delincuente de uniforme

Un policía bonachón. Así era visto por sus subalternos y la gente que lo conocía. En 2001 Blas Valencia tenía el grado de teniente coronel y estaba a cargo de la unidad de licencias de Tránsito, además aprobaba los trámites de las llamadas “placas verdes” (provisionales).

En su puesto de trabajo pasaba desapercibido, silencioso, cumplía con las horas laborales y se retiraba. Vivía con su esposa y sus dos hijos.

Pero una vida visiblemente tranquila y sin llamar la atención dentro de las paredes policiales se contraponía en secreto con lo que le generaba más réditos: los atracos. Valencia ya operaba con diferentes bandas desde hace mucho, tenía los contactos precisos y sabía a quiénes llamar y para qué tipo de “trabajo”. Sus años en la institución verde olivo le dieron la posibilidad de conocer a grandes delincuentes nacionales y extranjeros, con quienes nunca perdió el contacto.

Así, durante el año 2001 dio varios golpes en el eje central del país. Se lo identificó plenamente en robos a manos armada en Santa Cruz, Cochabamba y La Paz. Todos los hechos tenían algo en común: fuertes sumas de dinero. Blas no apuntaba a un simple robo, él buscaba lo mejor, el botín millonario. Por eso, los atracos eran a agencias bancarias, casas de cambio, entre otros.

Paralelamente a esto, el coronel Valencia se movía muy bien dentro de la Policía, sabía con quién hablar para ser protegido siempre y, al mismo tiempo, buscaba a un aliado. Es así que contactó al entonces mayor Freddy Cáceres, que tenía un puesto en La Paz, pero que tenía grandes vínculos con el Estado Mayor de la Policía, algo que le favorecía a Valencia.

Ambos planificaron el atraco a Prosegur, pero Cáceres se encargó de blindar a la banda delictiva. Horas después del asesinato de tres personas y del robo millonario, el mismo Cáceres llegó al Comando General de la Policía con un maletín con 150 mil dólares, parte del botín. El dinero fue entregado al entonces comandante Walter Osinaga, el mismo que días después se negaría varias veces a intervenir varias casas, entre ellas la de Valencia.

“Este tipo (Valencia) no tenía necesidad de robar, su familia estaba bien puesta, su mujer tenía una tienda en una zona popular donde empeñaba joyas”, cuenta Baldiviezo.

Con los contactos que tenía con francotiradores, choferes capacitados para conducir vehículos de empresas de seguridad, expertos en el manejo de armas, entre otra gente relacionada con habilidades diferentes conformó su grupo denominado los Pókemon integrado, en su mayoría, por delincuentes peruanos, robustos y “menos agraciados”. Valencia los reclutó y según el recuerdo de Baldiviezo, la banda practicó tiro en la zona Sur de La Paz antes del golpe a Prosegur.

Cuando la Policía intervino la casa de Valencia, ingresó al domicilio con armas de fuego y con la certeza de que allí iba a encontrar mucho más que la pista clave en la casa de Lulleman. Así ocurrió. En el domicilio del coronel estaba la mayor parte del botín.

Callado, sorprendido, con la cabeza agachada y sin pronunciar palabra alguna Blas fue llevado hasta la cocina junto a su esposa. No podía decir nada, todo estaba claro, él estaba involucrado en el asalto a Prosegur.

Uno de los jefes policiales que hizo el operativo no pudo contener más la rabia y sorpresivamente le propinó un puñete en el rostro de Valencia. “¡Desgraciado, por tu culpa, nos has hecho quedar mal a todos!”, le gritó y lo remató con una patada en el estómago. Valencia cayó al piso. Ahí recibió más patadas y golpes de sus propios camaradas quienes al pasar por ahí aprovechaban para desahogar su impotencia y su cólera.

Y como para un roto siempre hay un descocido, Norma, la esposa de Valencia no se quedó atrás. Ella no iba a caer sola con su marido. Cuando ya los iban a trasladar a las oficinas policiales, delató a Freddy Cáceres y a una mujer; sugirió a los investigadores que vayan a su casa.

Valencia, después de la sentencia que recibió de 30 años, fue trasladado al penal de máxima seguridad de Chonchocoro. Estuvo allí unos 12 años, pero en todo ese tiempo conformó un grupo delictivo ahí adentro. Ese gustito por lo ilícito, por todo lo que sea al margen de la ley seguía en su sangre.

A mediados de 2013, la Dirección de Régimen Penitenciario decidió llevarlo al penal de Palmasola, en Santa Cruz, después de recibir denuncias de los internos de Chonchocoro que Valencia conformó una banda que se dedicaba a amedrentar a los presos y a extorsionarlos de cualquier forma. Desde ese año vive en el penal cruceño y de él ya no se habla.

El policía que se jubiló “limpio”

“Me acuerdo que de pequeño acompañé a mi mamá al mercado, cuando nos subimos al colectivo le habían robado su billetera que estaba en su bolso. Ella rompió en llanto, fuimos a radio Nueva América para pedir que por lo menos nos devuelvan los documentos. Desde esa vez quería ayudar a las personas que como mi mamá eran vulnerables”, recuerda Juan Gustavo Baldiviezo.

Con esa anécdota, el coronel jubilado rememora el primer momento que se cruzó por la cabeza ser policía. Quería ayudar, quería hacer justicia por su madre y por todas esas personas víctimas de la delincuencia, pero el entusiasmo se le apagó con los años.

Antes de salir bachiller estaba seguro de lo que iba a ser, quería estudiar Medicina, pero para su (mala) suerte ese año, 1980, llegó la dictadura de Luis García Meza, y se vio obligado a dejar esa carrera. Su destino dio un giro inesperado, tuvo que ingresar a la carrera policial y, como si volviera a la primera ilusión, le puso a su vida el mayor esmero y así pasó 32 años en la institución policial.

Casos relevantes en los que intervino hay muchos, como la reciente detención del empresario peruano Martín Belaunde, en mayo de 2016. Belaunde, escapó de su arresto domiciliario en La Paz y fue a esconderse a Santa Ana, en Beni, donde Baldiviezo era el comandante. También recuerda que cuando formaba parte de la PTJ descubrieron a las primeras bandas de cogoteros que había en La Paz; un joven fue víctima de estos antisociales en Miraflores, y murió estrangulado. El equipo de investigación dio con los atracadores y la sentencia fue en tiempo récord. Baldiviezo estuvo a la cabeza de las pesquisas y ahora guarda con aprecio un reloj que el padre del joven fallecido le obsequió en agradecimiento.

“Yo no trabajé por esos regalos, trabajé por la gente y por mis policías. Pero ese reloj es un símbolo, un recuerdo que lo llevo porque es un lazo de agradecimiento mutuo”, sostiene.

Cuando fue comandante del Organismo Operativo de Tránsito, en 2009 -una de sus unidades entrañables-, diseñó nuevos uniformes para los policías acorde al tipo de trabajo que hacen. Pantalones rectos, se prohibió el uso de botas con ligas que evitaban la circulación de la sangre, sombreros con ala ancha para evitar quemaduras de sol. Actualmente ese uniforme está vigente.

Pero, en la carrera de Baldiviezo se tenía que cruzar uno de los casos más emblemáticos de La Paz: el atraco a Prosegur. Se acomoda mejor en el sillón, se pone erguido y con la voz firme asegura que al margen de haber desarticulado la banda de Blas Valencia el caso fue importante porque se trataba de demostrar que la Policía no era corrupta, que solo había unos cuantos que hacían quedar mal a la institución.

Él no está en esa lista negra. Su antagonista en esta historia, Blas Valencia, -el líder de la banda que asaltó la remesa de Prosegur- cumple una condena por asesinato en la cárcel de Palmasola, en Santa Cruz.

En La Paz, Baldiviezo dejó el uniforme policial pero no su servicio, terminó su carrera como director nacional de Interpol. Hoy vive en la casa de su suegra, en Alto Obrajes, en una casa pequeña donde se acomodan su esposa y sus dos hijos. Se jubiló con lo justo y vive de eso. “No guardo nada que no sea fruto de mi trabajo y eso quiero dejarles a mis hijos, no el dinero, piensa mal, mi honestidad”.

 

 


 

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