Reportaje

No me ofenderé si me llaman puta

 

Fondo Concursable para la investigación periodística
La Fundación para el Periodismo, con el apoyo de Solidar Suiza, publicó por tercer año consecutivo la separata “Prioridad” que este año abordó la temática del empleo/desempleo en casos de mujeres y madres jóvenes. El objetivo de este programa es visibilizar en los medios de comunicación impresa la situación laboral, social y económica de ese segmento de la población, reflejando la problemática de conseguir un empleo digno cuando se es joven, mujer y madre.
De las postulaciones de todo el país, fueron seleccionadas las propuestas de periodistas de La Paz, Cochabamba, Oruro y Tarija.
A partir de este lunes 05 de diciembre, presentaremos los 16 reportajes que son parte de la separata “Prioridad” publicada con el periódico Página Siete, el martes 29 de noviembre de 2016.

LAS SALAS DE LUZ ROJA ENTRE VACÍO LEGAL Y COSTUMBRE
Después de unas semanas al lado de trabajadoras sexuales en La Paz:

“El trabajo sexual no es indigno, las condiciones son indignas”, dice Teresa Cruz, presidente de la RedTraSex.
Existe una única ley del Ministerio de Salud que exige contar con carnet sanitario, así el cliente se puede sentir en buenas manos, mientras las personas que ejercen servicios sexuales nunca saben con quién entran a las salas.
Nos acercamos a la realidad fuera y dentro del trabajo de cuatro mujeres: Melanie, Roxana, Elsita y Silvia.

Olga Yegorova

 

“Hijo de puta”. Cuando alguien te llama así, realmente le caes muy mal. Es más, creo que tanto en Bolivia como en Alemania, mi país de origen, esas tres palabras representan uno de los insultos más graves.

Sin embargo, si hoy alguien me dijera puta o hija de puta, no me sentiría muy atacada. ¿Por qué? Porque en las últimas semanas no solamente conocí a algunos de esos hijas e hijos, esos niños, adolescentes y jóvenes inteligentes, bien educados y talentosos, sino conocí a sus mamás, las supuestas “putas” o, como se debería decir, trabajadoras sexuales.

Comimos tortas y tomamos cafés, caminamos por las calles, festejamos el cumpleaños de sus hijos y también las acompañé a su trabajo durante noches y días. Entendí los sueños y las luchas de cuatro trabajadoras sexuales de La Paz y también la mochila de culpa que cada una de ellas carga por ejercer este trabajo.

La familia rara vez se entera del trabajo de la mamá, hermana o tía. Cuando pasean por las calles, cuando están con sus niños y amigos, tienen un nombre y una vida aceptada por su entorno social. Pero cuando salen a trabajar cambian de ropa, maquillaje e identidad y se llaman Melanie, Roxana, Elsita y Silvia. Para proteger sus identidades nos quedaremos con estos nombres.

Nos acercaremos a la realidad fuera y dentro del trabajo sexual de Melanie, Roxana, Elsita y Silvia.

El trabajo sexual nunca duerme: Tres ambientes en La Paz, de día y de noche

Los hombres paceños no tienen que buscar mucho hasta encontrar un lugar que les ofrezca servicios sexuales.

Sea en la Zona Sur, donde en varios casos uno paga en dólares para recibir el servicio sexual; en Sopocachi, donde la hora cuesta desde los 300 Bs por pieza, 180 para la trabajadora sexual y 120 para la sala, locales que se esconden detrás de cafés y casas aparentemente familiares; o en el centro, una zona en la cual las oficinas en edificios a menudo están al lado de oficinas del otro tipo.

En estos barrios, yo conocí en primera persona tres ambientes donde se supone que los deseos sexuales de muchos hombres se cumplen durante el día y la noche.

Las salas de luz roja, a unos metros de la plaza Alonso de Mendoza

Mi primera estación fueron las “salas”, como las llaman las trabajadoras sexuales, a una cuadra de la plaza Alonso de Mendoza. Para llegar a una de ellas, uno pasa por puestos de comida y quioscos. Al entrar por las puertas poco llamativas de metal, la luz roja pinta el ambiente de un color sensual, tratando de esconder los muebles viejos, los suelos sucios y el ambiente frío. Un único espacio está cerrado para los clientes: paredes falsas o telas cubren esta zona en la que mujeres de 19 a 50 años dejan de ser sexy y duermen, ven la tele o hablan de sus anécdotas y problemas cotidianos.

Al pasar unas horas en las salas, vi a varios hombres entrar y salir por la puerta de metal. Algunos, mayores de 45 años, vienen después de unos tragos, otros están absolutamente sobrios, bien vestidos, amables y entre 20 y 30 años, un perfil de hombre que no esperaba ver en este ambiente. Cada vez que me veían, se irritaban. Tal vez se preguntaban si yo igual estaba disponible. Supongo que mi chompa enorme, mi cara sin maquillaje y mi peinado desordenado no les dieron la impresión de que yo pudiera ser una opción más.

“Opción” es la palabra correcta en este contexto puesto que las mujeres ya arregladas, en ropa interior y disponibles salen del pequeño salón y se presentan en fila al cliente. Éste elige la mujer con quien quiere tener sexo.

Al contrario de lo que yo esperaba, no siempre vi elegir a la más joven o flaca. No era raro que un hombre de 30 años prefiriera a una mujer mayor y gordita. Parece que, aquí, en un ambiente escondido del ojo de la sociedad, la diversidad de preferencias sexuales no se reprime.

Después de la elección, empieza la negociación de los precios. Normalmente, unos 15 minutos de “lo bajo”, la penetración vaginal, cuestan alrededor de Bs. 50. De estos, unos Bs. 20 los retiene la dueña o el dueño de la sala. La mujer que da el servicio se queda con el resto.

Roxana y Melanie, las dos mujeres a quienes acompañé, salieron algunas noches con el bolsillo lleno –después de siete a 15 piezas– y otras, sin un peso. Sin embargo, el trabajo sexual en sus salas nunca duerme, ni de día, ni de noche.

Melanie

Melanie sabe más sobre la historia alemana que yo. Después de unas charlas, la falta de conocimiento de mi propio país me daba vergüenza. Y es que a Melanie le fascina la historia y en general la literatura.

Cuando la vi por primera vez, me intimidó un poco su apariencia fuerte y su seguridad en sí misma. Después de hablar unas horas con ella, entendí que fue la vida que le exigió esa fuerza.

“Soy madre de cinco hijas, jefa del hogar, una persona que tiene amistades en la sociedad. Como Melanie soy otra persona, tengo que usar más maquillaje , otro peinado, soy la dama de la noche. Lo primero que aprendemos es a mentir. Mi familia piensa que hago negocios. Porque no quiero que mis hijas piensen: ‘Si tú haces esto, ¿por qué no yo?’”, revela Melanie.

Hace diez años, se quedó sola con cinco hijas después de que su marido la dejó de un día al otro. Tras haber tenido su primera hija en la universidad, Melanie no pudo salir profesional. Por eso, conseguir un trabajo suficientemente remunerado para poder sostener sola a su familia fue complicado.
Después de haber vivido medio año en un refugio de mujeres con sus hijas, un amigo le propuso: “Virgen ya no eres, joven tampoco, sabes tomar. Anda a trabajar como prostituta”.

Él la acompañó y le encontró un local, luego le pidió que comparta sus ganancias. Apoyada por sus compañeras del local, Melanie cambió de sala, cortó el contacto con el hombre y cambió su número de teléfono.

Al principio no fue fácil: “Cuando entré por primera vez con un cliente, yo ni sabía cómo usar el condón. Me mordí los labios y pensé: ‘tengo que hacerlo por mis hijas’. El cliente terminó y yo salí de la pieza, casi desnuda, fui al baño y me puse a llorar como tonta. Hasta que una de las chicas me vio y preguntó: ‘¿Es tu primera vez?, ya se te va a pasar, no te preocupes’. Ella me limpió, me arregló otra vez, las compañeras me maquillaron y dijeron: ‘A todas nos pasa’. A pesar de toda la competencia, el compañerismo entre las trabajadoras sexuales es primordial”.

Hoy, Melanie se relaciona diferentemente con su trabajo: “Ya no es más que un trabajo. Te sirve, te estabiliza económicamente, te acostumbras. De hecho, a veces pasa que tus clientes se vuelven amigos también”.

Diez años después de la primera vez, dos de sus hijas salieron profesionales, tres todavía estudian en el colegio y la universidad. Yo conocí a dos de ellas durante una fiesta familiar: chicas curiosas y llenas de luz.

Roxana

El lugar favorito de Roxana es el Multicine. Ver películas es lo que ella más disfruta. También le encanta pasear por las calles, tomar un café y descubrir nuevos rincones de La Paz –su ciudad natal–. Por eso, nos encontramos en un café en la calle Sagárnaga. Como es una de las más concurridas por los turistas, ella ha estado ahí anteriormente.
Cuando la veo por primera vez, ella está mostrando su nuevo color de pelo a una compañera, contenta con el cambio de negro a café. De las chicas que conocí, ella es la que menos se concilia con su trabajo.

Roxana solamente lleva siete meses como trabajadora sexual. Empezó cuando su mama falleció. Al ver que su papá tuvo otra mujer una semana después, ella y su hermano menor se fueron a vivir a un alojamiento. “Empecé a trabajar en pensiones lavando platos, pero nos faltaba mucho”. Una de sus amigas la llevó a una de las salas, donde a un principio Roxana solamente observó el trabajo de las otras chicas. “Ahí me animé a trabajar. La primera vez fue horrible. No volví dos semanas a hacerlo. Después vine sola de nuevo, tenía que estabilizarme económicamente”, me relata.

Me atrevo a preguntarle si alguna vez disfrutó del sexo con un cliente. “Imagínate que estás con un hombre que no conoces. En una noche tuve hasta 15 piezas. Eso no lo disfrutas, lo haces porque es tu trabajo.”

A pesar de la intimidad física que ella comparte con sus clientes, Roxana nunca los besa. “Ay, no, qué asco”, es su reacción al imaginarse ese contacto con sus clientes. Solamente la pareja de Roxana, un chico que ella conoció hace unos meses, tiene el permiso para besarla. “Si él, mis amigos o mi hermano supieran que trabajo aquí, me escaparía a otra ciudad. Lo perdería todo”, explica la mujer de 20 años.

Por ahora, Roxana está decidida en continuar con el trabajo sexual. “Tengo que sacar adelante a mi hermano. Recién cuando él salga del colegio, puedo pensar en ir a estudiar”, cuenta y se despide. Hoy tiene una cita con su novio, a pocas cuadras del café.

Entre minibuses y pollos se vende sexo, a unas cuadras de la plaza Eguino

Es de día. Turistas suben y bajan las calles, imprentas y restaurantes de pollos fritos me saludan. Desde una avenida principal entro a un callejón más tranquilo, de vez en cuando pasa un minibús. Un lugar como miles de otros en La Paz.
Ante mis ojos se presenta una imagen no muy extraordinaria: mujeres, vestidas de manera normal, entre sus 45 y 75 años, apoyadas en diferentes peldaños de la calle. Algunas charlan, otras están sentadas aisladas de las demás.

No me equivoqué en lo de las edades; es cierto, algunas de estas mujeres tienen hasta 75 años. Una de ellas me explica que cuando ya no eres lo suficientemente atractiva o joven para generar buenas ganancias para una sala, no te dejan trabajar ahí. Entonces, empiezas a trabajar independientemente, en la calle. Aquí, al contrario de otros clubs nocturnos, las mujeres no necesitan tomar bebidas alcohólicas con sus clientes.

En vez de mostrarse en una fila para que el cliente las elija, la evaluación y elección final se realiza con un paseo por la calle. El cliente negocia con las mujeres y se retira a uno de los alojamientos cercanos. Existen variaciones entre las mujeres que generalmente esperan en este callejón: mientras algunas cobran 50 por “pieza”, como las trabajadoras sexuales llaman al servicio que dan a un cliente, otras, dependiendo de la edad, pueden pedir menos de 40. “Una ya no es nueva”, como me explica Silvia, una de las personas que conocí en esa calle.

Puesto que en este lugar las mujeres están vestidas con la ropa de todos los días, mi atuendo amplio esta vez no evitó que un hombre de unos 55 años preguntara por el precio de mi servicio sexual. Después de explicarle amablemente que no estaba disponible, él se quiso asegurar preguntando tres veces más: “¿Segura que no quieres?”. “Sí, segura”, y se fue con Elsita, la otra mujer a la cual acompañé en las siguientes semanas.

Silvia

Silvia está en constante movimiento. Cuando la conocí, me llamó mucho la atención que cada día se ponía diferentes zapatillas de deporte coloridas – como si estuviéramos en clases de aeróbic–.

En el colegio Silvia soñaba con ser paracaidista militar. Hoy no vuela, sino se mueve por tierra. Para la Feria de las Alasitas, Silvia produce deidades en miniatura para venderlas en Copacabana, La Paz y también en Puno, Perú. Desde hace tres años ella ensaya con su grupo de caporal para las entradas folclóricas.

Al trabajo sexual, Silvia también se acercó a traves del baile. “A mis 19 años fuimos con un grupo de amigas a buscar un trabajo como bailarinas. Primero en el local Isabel, después fuimos a la Cobra, en La Paz trabajé en el Sunset. Me daba miedo salir con los hombres, por eso solamente tomaba y bailaba para ganar. Mi apodo era Chuflay. Era el único trago que conocía y por eso siempre pedía Chuflay.”
Por cada trago que compartía con sus clientes, Silvia recibía un porcentaje. Pero eso significaba tomar alcohol cada día. Por eso, cuando una amiga le dijo que se ganaba bien en las calles de La Paz, ella empezó con el trabajo sexual. Cuando nos conocemos, Silvia lleva 20 años ofreciendo sus servicios. “Hoy ya estoy tranquila, es mi trabajo. Ya no tengo tantos temores, aunque al final no sabes con quién entras. Algunas veces me han pegado, a unas compañeras las han matado. Eso es el riesgo que nosotras siempre corrimos”, cuenta Silvia.

Elsita

Como miles de mujeres de Bolivia, la pollera y el sombrero caracterizan su apariencia. Pero en vez de enfadarse conmigo cuando le tomo una foto, ella levanta un poco su falda, me muestra su pierna y se ríe.

Cada día, menos los domingos, se puede encontrar a Elsita en la calle ofreciendo servicios sexuales y cuando vuelve a casa sigue trabajando en una tienda.

En la fiesta de cumpleaños de su nieto, entiendo por fin cuánto trabaja esta señora: para el aniversario Elsita organiza una fiesta con 40 niños del barrio. Ellos juegan con payasos y comen contentos una torta enorme en forma del héroe de la película Spiderman, rodeados por cientos de globos de fiesta.

Su quinto marido, un antiguo cliente de Elsita, nos lleva con su coche a la fiesta. En el camino se ríe y nos dice de broma: “Feíto es, no ve?”, mientras acaricia su pelo. Antes de entrar a la sala del festejo, Elsita me da unos pantalones y dulces para que yo pueda regalar algo a su nieto. Me incomoda un poco que, aparte de dulces, no he traído ningún regalo. Pero como Elsita me entrega las cosas con tanto tacto, este sentimiento se me pasa rápidamente.

Toda su familia conoce el trabajo de Elsita. Mi impresión es que la mayoría de la gente la trata con respeto y cariño. “A mí ya me aceptan y quieren, mis hijitos. Pero mis hijas tenían muchos problemas con sus maridos. Las pegaban porque su mamá era puta. Pero les hice callar. Ahora ya no dicen nada”, relata Elsita.

No solamente su rol como trabajadora sexual, mamá y abuela requería un carácter fuerte. Cuando empezó a trabajar en este callejón, la competencia estaba muy ruda. “Una compañera me cortó la cara”, cuenta ella.

Hoy, Elsita es representante de la calle. En este cargo tuvo tareas difíciles: “Hubo veces en que las señoras aparecieron muertas. Entonces, yo las tenía que sacar. Algunas se enferman. Cuando puedo, les apoyo con medicamentos”.

La trayectoria de esta mujer en el servicio sexual empezó muchos años atrás. A la edad de 14 años Elsita escapó de su casa, donde había sufrido violencia. Poco después, la adolescente entró en la dinámica de violencia sexual comercial, la denominación de servicios sexuales ejercidos por adolescentes. Desde entonces, han pasado 40 años.

“Pero, ¿por qué no te retiras todavía?”, le pregunto. “Necesito la platita, tres de mis hijos ya están casados, trabajan. Otros tres faltan. Además, tengo que pagar deudas para mi casita. Más bien que he ahorrado mucho cuando era joven. Hoy ya no me miran tanto. Los clientes ven que soy mayor de edad. Ya no tengo la misma fuerza. Ellos piensan: ‘Uhhh, se pasa, ya no se puede a esta edad’”, ríe la cholita.

Durante las dos horas que charlé con Elsita y Silvia, vi a Elsita ir y volver de cinco “piezas”, cinco clientes. Cada vez, ella regresaba con su bolita de coca en la boca y continuábamos a charlar de temas de la vida.

La sociedad boliviana y las trabajadoras sexuales hace 80 años: ¿qué ha cambiado desde entonces?

Antiguamente, las prostitutas bolivianas estaban obligadas a usar un mantón negro: en los años treinta esta prenda caracterizaba sus registros fotográficos policiales. Más recientemente, dentro de las ciudades se asignaron espacios particulares a los lenocinios. Se quería apartar a las prostitutas, consideradas por naturaleza distintas a las mujeres “normales”.

Hoy, la venta del servicio sexual se ampara en un vacío legal en Bolivia. Cabe resaltar que el ejercicio del trabajo sexual no está prohibido, aunque tampoco existen normativas que lo regulen. Por lo tanto, no está tipificado como delito; mientras que el proxenetismo sí lo está (Artículo 321 del Código Penal Boliviano).

La única ley del Ministerio de Salud existente exige contar con el carnet sanitario, que cada trabajadora sexual tiene que conseguir a través de controles en el Centro Departamental de Vigilancia, Información y Referencia (CDVIR). Es una prueba de que cuenta con condones y buena salud física. Así el cliente se puede sentir en buenas manos, mientras las personas que ejercen el servicio sexual nunca saben con quién entran a las salas.

¿Las chicas de la vida fácil? Un mito enorme

Dinero fácil, así declaran los opositores del trabajo sexual. La realidad muestra algo muy distinto. Teresa Cruz, la presidenta de la Red de las Trabajadoras Sexuales (RedTraSex) de La Paz explica por qué: “Hay espacios donde no tienes luz, no tienes agua, ni servicios higiénicos, las camas, las sabanas y los colchones están sucios. Por ejemplo, en la 12 de Octubre en el Alto hace un frío tremendo y las compañeras trabajan en ropa interior, casi desnudas. Para que no haga frío, las mismas mujeres tienen que comprar una garrafa de gas, cuando eso debería hacer el dueño del lugar. El trabajo sexual no es indigno, las condiciones son indignas. Por eso, queremos normas que obliguen al dueño que se encargue de condiciones en las salas donde se ejerce el trabajo sexual.”

Laritza (nombre ficticio), una integrante de la RedTraSex cuenta: “Hay clientes muy limpios, que te respetan. Pero también entras con personas muy agresivas y torpes. Es duro. Muchos nos llaman [las chicas de la vida fácil]. Pero no es fácil aguantar un hombre que tiene todo un olor a cebolla, que te coge y que te hace hacer mil cosas”.
Según Tereza Cruz, la violencia contra las trabajadoras sexuales aumenta con la falta de normas para los lugares donde se ejerce el trabajo legal y seguramente: “Los clientes ofrecen a muchas chicas ‘salidas’, servicio sexual fuera de las salas establecidas y dicen: ‘Prefiero pagarte la plata a vos y no al dueño’, pero esos 200 Bs a veces les cuestan la vida”.

Desde su propia experiencia Laritza cuenta cómo la policía trata a las personas que denuncian estos casos. “Cuando te pegan, te violan o te matan los oficiales y sobre todo los policías quienes reciben la denuncia te cuestionan: ‘Pues, eres puta. Si estás ahí es porque te gusta ¿Por qué te quejas?’. Por el hecho que sea trabajadora sexual, no me pueden violar. Yo decido con quién sí y con quién no. Antes de ser trabajadora sexual yo soy mujer. Pero en vez del apoyo moral que mereces, te cargan con la mochila de la culpa”, relata la mujer.

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