diplomado Redacción y Edición de Noticias

Oficios que luchan por no quedar en el olvido en La Paz

Son muchos los personajes paceños que pasan desapercibidos, pero que luchan por no dejar morir su oficio ante la modernidad que llega con la tecnología.

Paola Flores Nogales

 

Ciudad

Oficios que luchan

por no quedar en el olvido en La Paz

Son muchos los personajes paceños que pasan desapercibidos, pero que luchan por no dejar morir su oficio ante la modernidad que llega con la tecnología.

Paola Flores Nogales

Los árboles ornamentales, las extensas y bien cuidadas avenidas en el barrio de Sopocachi, uno de los más entrañables y tradicionales que inspiró al escritor Jaime Saenz, se han perdido y pocos son los testigos de lo que fue La Paz de antaño.

Algunas casonas aún se conservan, en medio de la selva de cemento. Pero, a pesar de la modernidad, aún quedan personajes paceños que hacen de La Paz una urbe sin igual, que le valió estar dentro de las siete ciudades “Maravilla” en 2014, por la organización New 7 Wonder.

Sus montañas y su paisaje -que parecen una pintura- son entrañables, como lo son sus personajes, que a lo largo de los años aún podemos ver por las calles.

La “Ciudad Maravilla” y sus oficios en peligro de extinción

La mayoría de los personajes paceños se fueron a las zonas más alejadas. Otros pocos continúan en las plazas del centro de la ciudad. No se sabe por cuánto tiempo más. La tecnología ha ido innovando y se ha hecho al alcance de todos: está desplazado a los oficios.

“Por el uso de la tecnología, los bajos ingresos, el poco requerimiento de la población, la competencia y el crecimiento poblacional se ha logrado que se prescinda de estos oficios”, explica el sociólogo Wilfredo Rivera.

Rodolfo Eróstegui, consultor en temas laborales, señala que estos oficios están dentro del 70% de los trabajadores informales en el país.

En el caso de los oficios tradicionales, los ingresos no son altos, pero alcanzan para mantener a su familia.

“La informalidad en muchos casos está ligada con la pobreza y la falta de preparación académica”, agrega Eróstegui.

Son oficios que perduran porque se transmiten de padres a abuelos. Aunque, ahora, son pocos los hijos que siguen los pasos de sus padres.

Uno de estos casos es el heladero Pedro Mamani, que a sus 62 años continúa con su oficio y conoce las zonas más concurridas. No descansa los fines de semana porque son los de  más venta.

No ocurre lo mismo con el restaurador de imágenes católicas que está en la calle Murillo. Él sí tiene a una de sus hijas que continúa con la tradición. Roberto  Ramos enseñó su oficio a su hija María, y ella a su niña menor.

En las laderas también podemos encontrar a los herreros, quienes sólo usan su fuerza para golpear metal con las picotas viejas.

También los lecheros, que tras el boom de la leche en bolsa o en cajas dejaron de ser protagonistas de la provisión de leche recién ordeñada a las familias.

Además, están los cargadores o aparapitas, de los que quedan muy pocos. Ahora no sólo ayudan a cargar a las vendedoras de los mercados, sino se ubican en las ferias de electrodomésticos donde prestan sus espaldas para cargar los televisores, refrigeradores, entre otros.

O el afilador de cuchillos que sale todos los días y se ubica en los mercados más populosos y concurridos para afilar los cuchillos de las amas de casa o de las mismas vendedoras.

Entre los oficios que han desaparecido, según Eróstegui, están los sopladores de quinua, los chalequeros que llamadas de celulares y otros.

Historias de estos personajes paceños:

El caminante que lleva chocolate y vainilla está por quedar en el olvido

Hace 30 años,  Sopocachi tenía más niños en las plazas jugando con tierra y corriendo libremente por sus calles. Niños que, cansados, pedían a sus padres un helado, cuenta Pedro Mamani.

“En esos tiempos yo decidí vender helado Frigo, porque la empresa empezaba a ser parte de la tradición de las familias paceñas”, menciona  mientras anuncia su llegada con su bocina de mano, acelerando el paso.

Su overol blanco impecable, su boina y su carrito azul, lo han hecho inconfundible. Hoy a sus 62 años, es el heladero de Frigo, uno de los últimos en su oficio que está en riesgo de quedar en el olvido.

El hombre de blanco camina cada día más de siete kilómetros, haciendo varias paradas. Una de ellas es al frente del Multicine, donde están las cadenas de restaurantes más grandes y sofisticadas heladerías. Allí vende cinco helados: dos bombones (helados de vainilla cubiertos de chocolate) y tres de canela. Ganó cinco bolivianos.

Su batalla silenciosa con las grandes cadenas no parece importarle porque él sabe que algún niño lo está esperando.

“Sí, sé que los niños de hoy prefieren esos helados, pero yo estoy para los que aún conservan su alma de niño y para los que no pueden comprar allí adentro”, asegura Mamani.

El restaurador que devuelve el esplendor al niño Jesús

Roberto Ramos se considera un simple artesano, pero cada Navidad sus hábiles manos devuelven el esplendor a añejas figuras del Niño Jesús.

A su pequeño taller, en una casa antigua en el centro de La Paz, llegan en diciembre decenas de figuras con dedos mutilados, ojos muertos, rostros macilentos y cabello polvoriento. Él las revive.

El artista boliviano heredó el oficio de su abuelo y se especializó en la escuela de Bellas Artes de Argentina. A sus 65 años conserva un pulso de relojero para colocar pestañas, restaurar el pelo y pulir la piel de imágenes antiguas de yeso, madera o maguey, algunas de hasta 300 años de antigüedad.

“Los Niños Jesús que me traen aquí son de familias que no quieren que se echen a perder, no los quieren cambiar por la fe que les tienen”, dice Ramos rodeado de santos semidesnudos a medio restaurar, sin salir de su cama. “Son traviesos, algunos días cuando despierto tienen el pelo despeinado”, comenta mientras muestra orgulloso las imágenes que reparó para que este 25 de diciembre estén con sus familias.

“Repararlos es más difícil que hacer uno nuevo porque hay que tallarlos, respetar la forma, el color que le dio su creador”, explica.

Su hija María, de 45 años, aprendió el oficio y es su ayudante. “Estos Niños tienen valor sentimental para sus dueños, son reliquias familiares”, comentó.

Leyla Fuentes, una clienta que heredó de sus abuelos una figura de Jesús, se manifestó “contenta de cómo quedó mi Niño. Sin el Niño Jesús no hay Navidad”.

A Ramos, un sobreviviente en el antiguo oficio de la restauración de estatuillas de santos en un mundo moderno y con menos creyentes, le llegan figuras del Niño de Estados Unidos, Italia, España y Perú. 

El afilador de cuchillos de las caseras de los mercados

Este personaje de 68 años, que con su silbador hacía su ingreso por los barrios paceños, Basilio Yucra, tiene buen humor, amabilidad y  confianza de las vendedoras del mercado de Villa Fátima..

Jaime Saenz en su obra Imágenes Paceñas, lo describe con un overol  y una máscara parecida a las que usaban los combatientes de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, ahora, ese hombre solo usa un overol azul, un gorra con la que se tapa el sol y ya no cuida sus ojos.

Yucra aprendió el oficio de su padre que antes recorría las calles de Sopocachi.

“Mi padre me sacó adelante, él ha muerto, pero ahora yo continuo”, señala mientras afila unas tijeras por tres bolivianos.

Don Basilio, tiene las manos frías a pesar que el sol las quema con sus rayos. El hombre evita mirar directamente, cuando se le pregunta si oficio está pronto a desaparecer.

“A mis hijos no les gusta afilar cuchillos, ellos no van a seguir”, comentó. Él trabaja más de las ocho horas y cuanto más trabajo hay desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche y mucho más los fines de semana.

El herrero del puente de Ventilla

Remigio Vargas, de 58 años, golpea fuertemente con su martillo una picota que quedó sin punta tras años de trabajo de su dueño, a la feria alteña debajo del puente de Ventilla. Vargas cuando inicio recorría el mercado Rodríguez, pero a la falta de clientes optó por irse a la ciudad vecina de El Alto.

Con unos 20 bolivianos, Vargas le devuelve la punta a la picota.

Vargas lleva más de 20 años con su oficio y recorre todo El Alto con una sopladora que emite calor. Allí coloca el metal y mediante fuertes golpes va recobrando su forma.

La corriente la toma de una caseta cercana a la cual le paga por eso uso.

Las mangas de su vieja con su chompa, le sirven para agarra el metal caliente y la lanza rápidamente sobre un tallo de árbol grueso, para luego golpearla.

“Es bonito este oficio; lo hago desde mi 30 años, después que murió mi padre me quedé con sus implementó”, contó.

Ante no se usaba este soplador. Todo se hacía con fuego y leña, ahora esta máquina te hace más fácil el trabajo.

 

 


 

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